El deporte palestino bajo asedio
Una larga lucha por la identidad deportiva
El deporte organizado palestino se remonta a la década de 1930, cuando clubes y federaciones operaban en ciudades y pueblos mucho antes de que se impusieran las fronteras actuales. Ese desarrollo temprano fue interrumpido bruscamente por la Nakba en 1948, que desmanteló las estructuras deportivas nacionales y dispersó a atletas y clubes entre el exilio y los campos de refugiados.
Tras los Acuerdos de Oslo en la década de 1990, el deporte palestino entró en una fase frágil de reconstrucción. La Asociación Palestina de Fútbol obtuvo reconocimiento internacional, alimentando la esperanza de que el deporte pudiera consolidarse como una institución nacional estable. Sin embargo, esas aspiraciones se vieron debilitadas repetidamente por la fragmentación territorial, las restricciones de movimiento y los ciclos recurrentes de violencia.
A pesar de estos obstáculos, el deporte siguió siendo un espacio clave de visibilidad e identidad colectiva. La selección nacional resistió años de inestabilidad y conflicto, logrando competir a nivel internacional incluso cuando las ligas locales apenas podían sostenerse. Ese frágil avance volvió a detenerse con el estallido de la más reciente guerra entre Israel y Hamás.
Atletas como víctimas de la guerra
El costo humano para el deporte palestino ha sido enorme. Cientos de atletas de distintas disciplinas han muerto desde el inicio del conflicto, truncando carreras que ya se desarrollaban en condiciones difíciles. Futbolistas, entrenadores y jóvenes promesas figuran entre las víctimas, dejando clubes y selecciones gravemente debilitados.
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Algunas muertes trascendieron el ámbito deportivo y pusieron de relieve hasta qué punto la guerra ha penetrado en la vida civil. Entrenadores que formaron generaciones y jóvenes jugadores que representaban el futuro murieron junto a familiares y vecinos. Su ausencia se siente no solo en los estadios, sino también en escuelas, barrios y centros de entrenamiento.
Estadios sin partidos
La guerra ha vaciado la vida deportiva cotidiana. Los entrenamientos fueron cancelados, las ligas suspendidas y los desplazamientos entre ciudades se volvieron casi imposibles. Para los atletas de alto rendimiento, la escasez de alimentos, electricidad y atención médica provocó un deterioro físico que puso fin a sueños olímpicos.
En Gaza y Cisjordania, numerosos clubes cerraron sus puertas. Programas juveniles que ofrecían espacios seguros y estructura para niños y adolescentes fueron suspendidos ante el deterioro de la seguridad. Instalaciones construidas a lo largo de décadas quedaron dañadas, destruidas o abandonadas.
Algunos estadios adquirieron funciones sombrías. Campos de juego fueron utilizados con fines militares, mientras otros se transformaron en enterramientos improvisados ante la saturación de los cementerios. Lugares asociados al encuentro y la celebración hoy permanecen en silencio o marcados por la destrucción.
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Presión sobre el deporte mundial
La devastación del deporte palestino ha reavivado el debate sobre el papel de las instituciones deportivas internacionales en tiempos de guerra. Críticos cuestionan si la neutralidad política es creíble cuando atletas e infraestructuras se ven sistemáticamente afectados.
Las comparaciones con otras crisis globales, en las que las organizaciones deportivas actuaron con rapidez, plantean interrogantes sobre coherencia y responsabilidad moral. Para muchos observadores, el deporte no puede separarse de los derechos humanos cuando los propios deportistas se convierten en víctimas.
Deporte como memoria y supervivencia
Mientras la guerra continúa, el deporte palestino existe en gran medida como memoria, carreras interrumpidas, clubes abandonados y campos dañados. Aun así, su valor simbólico persiste. Durante décadas, el deporte ha sido una forma de afirmar presencia, identidad y continuidad frente al desplazamiento y la pérdida.
Que vuelva a ser una fuerza de unión dependerá no solo de la reconstrucción de infraestructuras, sino de la posibilidad misma de seguridad y estabilidad. Hasta entonces, el deporte palestino permanece suspendido entre la supervivencia y el silencio.
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