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Cuando el deporte rompe el cuerpo

La promesa que el deporte le hace al cuerpo

Desde una edad temprana, los atletas de alto nivel aprenden a concebir su cuerpo como una herramienta moldeable. El cansancio se interpreta como debilidad. El dolor deja de ser una advertencia para convertirse en algo que debe gestionarse y superarse. El éxito se mide por hasta dónde se está dispuesto a llegar.

Esta mentalidad no surge por casualidad. Se forma dentro de sistemas que valoran la resistencia y la producción por encima de la salud a largo plazo. Quienes soportan más, se recuperan más rápido y preguntan menos son recompensados. Con el tiempo, la identidad personal se fusiona con la capacidad física. La fuerza deja de ser solo un medio y pasa a ser una definición del yo.

Mientras el cuerpo responde, la promesa parece cumplirse. Solo años después, a menudo mucho tiempo después del retiro, comienzan a manifestarse las consecuencias de una exigencia constante para la que nunca existió un plan de preparación.

Un patrón que ya no puede ignorarse

Durante décadas, los casos de ELA entre exdeportistas se consideraron tragedias aisladas. Mala suerte. Una enfermedad impredecible. Cada historia se trató como una excepción, nunca como parte de un fenómeno más amplio.

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Pero la repetición cambia la percepción. Cuando la misma enfermedad aparece una y otra vez en personas cuyas carreras estuvieron marcadas por una exigencia física extrema, la coincidencia deja de ser una explicación convincente. Llama la atención la edad temprana de aparición de los síntomas. También la rapidez con la que avanza la enfermedad. Y las similitudes entre los deportes implicados.

Esto no significa que el deporte, por sí solo, cause ELA. Significa que la práctica deportiva de alto nivel puede crear una vulnerabilidad que durante mucho tiempo fue subestimada. Seguir ignorando esa posibilidad resulta cada vez menos sostenible.

Cuerpos diseñados para rendir, no para durar

Los cuerpos de los atletas de élite están optimizados para el rendimiento inmediato, no para la salud neurológica a lo largo de décadas. Los ciclos de entrenamiento dejan poco margen para una recuperación completa. La inflamación se normaliza. Las pequeñas lesiones se acumulan. El estrés sobre el sistema nervioso rara vez se mide con la misma precisión que la fuerza o la resistencia.

En los deportes de contacto, los riesgos son visibles. Golpes repetidos, impactos y traumatismos que, de forma aislada, pueden parecer menores, pero que adquieren peso con el tiempo. En los deportes de resistencia y alta intensidad, el daño es más silencioso. Estrés oxidativo sostenido, alteraciones hormonales y agotamiento metabólico dejan huellas menos evidentes pero persistentes.

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El cuerpo se adapta, a menudo durante años. Hasta que deja de hacerlo.

La ELA resulta especialmente cruel en este contexto. Arrebata el movimiento, la coordinación y la autonomía a personas cuya vida estuvo definida por el control físico, mientras la mente suele permanecer intacta. Para muchos exatletas, esa contradicción se vive como una traición del propio cuerpo.

El silencio tras el final de la carrera

El deporte nunca ha sabido mirar más allá de la vida competitiva. Una vez terminada la carrera, la atención médica, el seguimiento y la responsabilidad suelen desaparecer de forma abrupta. Lo que queda es un vacío.

Durante mucho tiempo, ese vacío fue ocupado por el silencio. Los primeros síntomas se minimizaron o se ocultaron. Las señales de alarma se atribuyeron al envejecimiento o al desgaste normal. Hablar en público requería una energía que muchos ya no tenían.

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Algunos eligieron la visibilidad y transformaron su enfermedad en una causa. Otros se retiraron por completo, enfrentándose en privado a una patología sin cura. Ambas respuestas son comprensibles. Ninguna debería haber sido necesaria.

El silencio no fue neutro. Retrasó la rendición de cuentas y protegió a las instituciones de preguntas incómodas.

Cuando la responsabilidad deja de ser opcional

Con el tiempo, la negación se vuelve insostenible. Casos públicos, acciones legales y cifras crecientes fuerzan la atención. Los organismos deportivos comienzan a hablar de deber de cuidado, riesgo y prevención.

Llegan cambios en las normas. Se ajustan los métodos de entrenamiento. Se amplía la investigación. Todo ello es importante. Reconoce que el daño no termina con la retirada.

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Pero también plantea interrogantes difíciles. Por qué hizo falta presión en lugar de previsión. Por qué los atletas asumieron riesgos sin comprender plenamente sus consecuencias. Por qué la responsabilidad comenzó, en tantos casos, solo cuando el daño ya era imposible de negar.

El progreso no borra el hecho de que para muchos ha llegado demasiado tarde.

Lo que queda cuando el cuerpo ya no responde

Quizá nunca exista una explicación única de por qué la ELA afecta a algunos atletas y a otros no. La genética, el entorno y la carga física interactúan de formas complejas. La incertidumbre persistirá.

Pero la incertidumbre no exime de responsabilidad. Tampoco justifica mirar hacia otro lado frente a quienes sostuvieron el éxito del deporte con su propio cuerpo.

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Si la grandeza tiene un precio, el deporte debe decidir quién lo paga y durante cuánto tiempo. El aplauso se apaga rápido. Las consecuencias no.

Lo que queda es un legado que no se escribe en títulos ni en récords, sino en cuerpos que dieron más de lo que jamás debieron perder.