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La paradoja de alto funcionamiento, atletas de élite y drogas duras

Brillo prestado

El deporte de élite suele presentarse como un triunfo de la disciplina, el autocontrol y la pureza física. En el nivel más alto, el éxito se asocia con pequeñas ventajas competitivas y una dedicación absoluta al cuerpo. Cualquier desviación grave de la salud óptima se considera, en general, el final de una carrera.

Sin embargo, la historia muestra otra realidad. En el fútbol, el boxeo, el béisbol y el fútbol americano, algunas de las figuras más dominantes de finales del siglo XX compitieron y ganaron mientras estaban profundamente vinculadas a drogas duras. Según reportajes de Reuters y la BBC, estos atletas no solo sobrevivían a sus adicciones, sino que produjeron actuaciones decisivas durante ese mismo periodo.

Esta contradicción obliga a replantear la relación entre rendimiento, psicología y control en el deporte profesional.

Por qué el mito perduró

Durante décadas, la cultura deportiva asumió que la grandeza y la adicción no podían coexistir. Sustancias como la cocaína y la heroína están clínicamente asociadas con daños cardiovasculares, neurológicos y de coordinación. Desde una perspectiva médica, mantener un rendimiento de élite bajo esas condiciones parecía imposible.

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No obstante, archivos periodísticos y entrevistas posteriores muestran que la adicción no siempre provocó un declive inmediato. Según The Guardian, las estructuras de las ligas, los sistemas de control débiles y los incentivos económicos permitieron que muchas estrellas continuaran compitiendo mucho después de que aparecieran las primeras señales de alarma.

No se trataba de esteroides anabólicos ni de dopaje sanguíneo. El foco estaba en drogas recreativas que nunca se diseñaron para mejorar el rendimiento, pero que alteraban la percepción del miedo, el dolor y la presión.

Confianza química y percepción

Especialistas en medicina deportiva han señalado desde hace tiempo que estimulantes como la cocaína elevan de forma pronunciada los niveles de dopamina en el cerebro. Según la Agencia Mundial Antidopaje, la cocaína está prohibida en competición porque altera el juicio, el control emocional y la evaluación del riesgo, no porque mejore de forma fiable el rendimiento físico.

En los deportes de contacto, ese efecto mental puede ser decisivo. El ex campeón mundial de los pesos pesados Mike Tyson declaró más tarde en entrevistas que la cocaína intensificaba su agresividad y eliminaba el miedo antes de los combates. La leyenda de la NFL Lawrence Taylor expresó ideas similares en su autobiografía, describiendo una sensación de invulnerabilidad durante sus años como jugador.

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El campeón de la UFC Jon Jones reflejó la misma mentalidad cuando afirmó que venció a Daniel Cormier tras una etapa de excesos. Según la cobertura de Associated Press, Jones dio positivo por un metabolito de la cocaína semanas antes del combate.

Cuando los sistemas miran hacia otro lado

Las historias individuales explican solo una parte del fenómeno. El problema más profundo reside en la forma en que las instituciones deportivas toleraron, ocultaron o facilitaron conductas destructivas en nombre del éxito.

Investigaciones de The New York Times y Reuters señalan que, en las décadas de 1980 y 1990, muchas ligas profesionales trataron el consumo de drogas como un asunto privado mientras el rendimiento se mantuviera. Los controles eran inconsistentes, la responsabilidad médica chocaba con los intereses competitivos y las estrellas eran protegidas porque generaban ingresos.

Los expertos en ética deportiva describen esta situación como un conflicto de doble lealtad. Los médicos de los equipos tienen el deber de velar por la salud de los atletas, pero están empleados por organizaciones cuyo objetivo principal es ganar. Cuando esos intereses entran en conflicto, la salud a largo plazo suele quedar relegada.

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Así se consolidó una cultura en la que el silencio era recompensado y la intervención se posponía hasta que el colapso resultaba inevitable.

El costo físico bajo la superficie

Desde el punto de vista médico, los daños fueron reales y acumulativos. Investigaciones de revistas de medicina deportiva, resumidas por Reuters, muestran que los estimulantes aceleran el agotamiento del glucógeno muscular y aumentan la acumulación de lactato, reduciendo la resistencia y la recuperación. La cocaína también contrae los vasos sanguíneos, incrementando el riesgo de eventos cardíacos durante el esfuerzo.

Que algunos atletas continuaran rindiendo indica una capacidad natural extraordinaria, no una ausencia de daño. Según The Guardian, la resistencia cardiovascular de Diego Maradona le permitió soportar un estrés físico que habría apartado a la mayoría de los profesionales.

Sin embargo, en todos los casos documentados, el costo acabó manifestándose en forma de lesiones, sanciones o problemas de salud a largo plazo.

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Maradona y el exceso controlado

La etapa de Diego Maradona en el Napoli sigue siendo el ejemplo más detallado. Periódicos italianos y la propia autobiografía de Maradona describen un rígido ritmo semanal en torno a los partidos. Jugaba los domingos, desaparecía durante días en consumo excesivo de cocaína y alcohol, y regresaba a los entrenamientos a mitad de semana para recuperar la forma física.

Maradona reconoció públicamente su adicción, afirmando: “Yo era un drogadicto, soy un drogadicto y siempre seré un drogadicto”. A pesar de ello, condujo al Napoli a dos títulos de la Serie A y lideró a Argentina a la victoria en el Mundial de 1986.

Con el tiempo, sus reflexiones se volvieron más sobrias. En una entrevista citada por la BBC, Maradona dijo que había dado ventaja a sus rivales debido a su enfermedad. Su positivo y la sanción de 1991 pusieron fin a años de protección y negación.

El deporte estadounidense y el caos tolerado

En Estados Unidos se repitieron patrones similares. La temporada de Lawrence Taylor en 1986 sigue considerada una de las actuaciones defensivas más dominantes en la historia de la NFL. Ese mismo año, Taylor admitió posteriormente que fumaba crack cocaína a diario.

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Según The New York Times, los controles antidroga de la liga eran entonces irregulares y fáciles de eludir, especialmente para las estrellas. Taylor ganó el premio al Jugador Más Valioso y un Super Bowl antes de que llegaran las suspensiones y el deterioro físico.

El béisbol ofreció otra variante. La temporada de Dwight Gooden en 1985 con los New York Mets sigue citándose como una de las mejores actuaciones de lanzamiento en la historia de la MLB. Informes contemporáneos de Associated Press señalan que su ausencia en el desfile de celebración al año siguiente marcó el momento en que la adicción superó al rendimiento.

Violencia, velocidad y deportes de combate

El boxeo y las artes marciales mixtas amplificaron los riesgos. Mike Tyson reconoció en entrevistas posteriores que consumió cocaína antes de varios combates, incluido uno en el año 2000 que ganó por nocaut en menos de un minuto. Informes desde el ringside y grabaciones en vídeo mostraron un comportamiento que alarmó a los oficiales, aunque no detuvo el combate.

El caso de Jon Jones siguió una trayectoria similar décadas después. Según comunicados de la UFC y reportajes de Reuters, Jones dio positivo por metabolitos de cocaína antes de una defensa del título, no fue suspendido por ese resultado y continuó compitiendo hasta que infracciones posteriores provocaron sanciones.

La factura siempre llega

A través de deportes y décadas, el patrón es constante. Una genética excepcional, los incentivos financieros y entornos permisivos pueden sostener temporalmente un alto nivel de rendimiento junto a la adicción. Nunca es permanente.

Los cuerpos se deterioran, llegan las sanciones y las carreras se fragmentan. Las victorias siguen siendo reales, pero el daño también.

Estos atletas dominaron sus deportes mientras perdían el control de sí mismos. Sus historias no prueban que la adicción genere grandeza, sino hasta dónde puede llegar el talento antes de que la realidad exija su precio.

Fuentes, Reuters, BBC, The Guardian, Associated Press, World Anti Doping Agency